Saturday, August 4, 2012

Las lecciones de Moisés que me hicieron entender el significado de la felicidad



“Eran otros tiempo, ni mejores ni peores, de los cuales hay que aprender”  es lo que pensaba al tener la oportunidad de compartir mesa en la cafetería Mnar parck de Tánger con Moisés Amar, un marroquí de confesión judía de 84 años, quien me traspasó su casa, y mi padre Mohamed de confesión musulmana de 64 años. Aquel día disfruté como nunca la compañía de dos personas mayores que me enseñaron que cada momento, cada persona y cada experiencia es una oportunidad que tenemos para aprender a dialogar desde nuestros corazones y a disfrutar de lo que somos, unos seres humanos.
“El té de Marruecos es bueno, en Paris la yerbabuena no es tan buena como aquí” decía Moisés conversando con mi padre en el dialecto marroquí, sobre aquellos tiempos en donde el respeto al otro era un valor que compartían todos los habitantes del edificio Nº 30 de la Calle Velázquez de Tánger. Los dos volvían con sus memorias a los años 70 y 80, cuando Alegría, Mauricio, Estrella, Gemol, Perla, Abd Al Baki, Demnati, Moisés y Mohamed, eran vecinos de diferentes confesiones que no solamente compartían el mismo edificio sino también los mismos valores. “éramos vecinos de verdad, no nos importaba lo material ni quién era el rico o el pobre, compartíamos todo, incluso nuestros sentimientos, alegrías y tristezas”, dijo mi padre quien me hizo pensar en mi generación que teniendo muchas posibilidades de encontrarse ni siquiera los vecinos se conocen, y aún así se habla del diálogo y de la alianza de culturas y de civilizaciones. Lamentablemente somos una generación rica en lo material pero pobre en lo sentimental.
Durante el tiempo que estuvo Moisés con nosotros, me sentí como si fuera el joven Santiago, el protagonista de la obra de Coelho el Alquimista, y me di cuenta de que la vida entera es un viaje lleno de experiencias de las cuales hay que aprender a escuchar nuestros corazones, a conocerse a través del otro ajeno, y a conquistar nuestra leyenda personal. No hay duda de que cuando aceptamos el encuentro inevitable con el otro diferente, aprendemos a ser más fuertes y a afrontar nuestros miedos y luchar por nuestras esperanzas.
Debo confesar que al principio pensaba que todos los judíos eran gente de negocio que no les interesaba ni la vecindad ni la amistad, y que lo más importante para ellos era el dinero, pero Moisés, me enseño que nunca hay que generalizar y que los estereotipos son el verdadero muro que nos impide conocer el otro. A Moisés le ofrecieron más dinero por el traspaso de su casa, pero él tenía claro que lo importante no era lo material sino lo sentimental, y me dijo “tienes la misma edad que mi hijo menor, te vi crecer en este edificio y quiero que tengas tu casa aquí porque me gustaría algún día visitarte, y estoy seguro que me invitarás a tomar un té verde con yerbabuena”.
Gracias a Moisés aprendí que lo material no da la felicidad, ya que la felicidad para él no era ganar más dinero sino mantener siempre un vínculo con su casa, en donde vivió desde 1965 hasta 1989. Al mismo tiempo aprendí que las relaciones que duran son las que se basan en la confianza, él renunció  a todos sus derechos de la casa, sin pedirme primero el dinero que tenía que pagarle, lo que me hizo sentir feliz por ser digno de su confianza. Moisés me enseñó que todas las personas e incluso los Estados tienen que aprender a confiar en los demás, porque la confianza es una herramienta que  nos empodera y nos compromete a cumplir con nuestra responsabilidad y a respetar la palabra.  
Es importante mencionar que Moisés lleva viviendo en Paris desde 1989 y nunca pidió la nacionalidad francesa. Él dice que se siente orgulloso de su nacionalidad marroquí, que no la cambiaría por ninguna otra. Eso me hace pensar en mi generación, en algunos políticos marroquíes que tienen otras nacionalidades, y en los miles de inmigrantes marroquíes que sueñan con obtener otras nacionalidades para sentirse afortunados y felices, y no entienden que la felicidad se logra cuando uno valora lo que tiene y no cuando tiene lo que valora. De hecho, como marroquíes debemos valorar la historia de nuestro país en donde convivían las religiones y se respetaban las demás confesiones y creencias.
Termino dando las gracias a Moisés y mi padre; quien se levantó a las 5 de la madrugada para acompañarle al aeropuerto en su coche Peugeot 205, los dos me enseñaron que el verdadero tesoro se encuentra dentro de cada persona y que la felicidad no se compra con el dinero sino que se alimenta con los sentimientos. Unos sentimientos que nos unen y que compartimos todos a pesar de nuestras diferencias físicas, ideológicas y religiosas.